martes, 24 de marzo de 2009

Aquel Porsche Blanco




Desde que compré aquella revista de coches clásicos y vi el anuncio me quedé enamorado. “911 Targa Año 1973. Blanco. Motor en rodaje. No es el cola de pato. 18.000€. Ref. 1235443. Mv 695.025.929” La foto del coche me dejó ensimismado. Mi pasión por los coches clásicos viene de lejos, me encantan esos deportivos de los años 70 que parecen bestias. Por lo general los coches de ahora no me llaman la atención, serán tecnológicamente insuperables, de líneas refinadas, pero no me transmiten las sensaciones de los antiguos deportivos. De hecho conduzco un viejo coche sueco, feo como un impuesto pero de calidad inigualable.

Durante semanas veía a diario la foto de aquel coche, y cada día fantaseaba con la posibilidad de comprarlo, hacia cabalas financieras para que la adquisición no supusiera un trastorno de mi exigua economía.

Un golpe de suerte financiero me animo a llamar al numero del anuncio. Marque apresuradamente los dígitos en mi teléfono con una pequeña angustia en mi interior.

dígame
-si, llamo por lo del anuncio, el anuncio del coche...
-si (me contesto)
-me gustaría que me informase, ya que puedo estar interesado en adquirirlo (casi susurre con un nudo en el estomago)

la verdad es que el tío no era muy locuaz, no me estaba ayudando en nada. Conversamos hasta que le conseguí sacar toda la información y quedamos al día siguiente en su casa para ver el coche.

La foto no hacia justicia al coche, estaba impecable. Si con una foto me enamoré, al verlo aparcado en el garaje me quedé mudo

...x...

El chirrido de los frenos despertó de la ensoñación a Pascual Durán, aparcado frente a la dársena del puerto deportivo de Alicante, pensó por un breve instante en la aventura que estaba a punto de acometer. Había viajado desde Madrid en su flamante Porsche recién restaurado y resolvió que a la vuelta mandaría revisar los frenos. El blanco de la carrocería relucía al sol, Pascual se había gastado una pequeña fortuna en restaurar esa joya de los deportivos de época, aunque bien podía pagarse cualquier vehículo, sentía un cierto recelo hacia su pasado mas bien humilde que le llevaba a conducir coches clásicos, como si él y su familia hubiesen tenido dinero toda la vida. Muchos lo considerarían como un millonario excéntrico.

El era un triunfador, se había hecho a si mismo y desde que terminó la carrera trabajó duro para llegar donde estaba, adjunto al presidente de una importante compañía de seguros. Austral de Seguros, patrocinaba una regata de vela y después de medrar durante algún tiempo consiguió que lo admitieran como tripulante un uno de los barcos participantes. Pascual había navegado hacia algunos años, sabia algo, lo suficiente, aunque la propuesta del patrocinador no sentó nada bien entre las tripulaciones casi profesionales, pero el dinero es el dinero y al final lo admitieron. La regata era una de las de larga duración, una travesía de un mes sin escalas con salida y regreso en el puerto de Alicante.

Caminó con su petate y entró en el cuarto de tripulaciones del club náutico donde debía reunirse con sus compañeros de barco y resto de regatitas.

Pascual Durán, de la tripulación del AustralTech.
Bien Pascual, su gente se encuentra en la mesa 7.

(to be continued)